Socialismo, pena de
muerte, tortura
Francisco Fernández Buey
Publicado em Gramsci
e o Brasil e em La
Insignia El estudio detallado
de la historia de las ideas es como el cajón de las sorpresas.
Estamos tan acostumbrados a que nos cuenten su historia los vencedores
de la Historia que pocas muy veces nos damos cuenta de que de las historias
de la historia la más interesante es aquella que un día
se contó y luego se perdió para la mayoría, que son
los perdedores de la Historia. Esto lo intuyó muy bien Walter Benjamin
en sus tesis sobre el concepto de historia, redactadas - y no es casualidad
- en un momento malo para todos aquellos, socialistas y comunistas, que
pensaban que desde el siglo XIX venían navegando a favor de la
corriente.
La sugerencia principal de esta reconsideración
benjaminiana de la historia es que no hay corriente. O, por mejor decir,
que si alguna corriente hubiera, ésta es subterránea y sólo
la descubriremos investigando sobre los cabos sueltos del ovillo, sobre
las ideas y actuaciones que en el momento en que se propusieron no fueron
suficientemente comprendidas.
La cosa viene a cuento a propósito
del socialismo, la pena de muerte y los últimos acontecimientos
de Cuba.
La
otra historia, la que debe interesar a los de abajo, la ha contando uno
de los historiadores más sensibles del siglo XX: Franco Venturi.
Resulta que el primer autor que fue acusado a la vez de utópico
y de socialista no era, según la caracterizaciones habituales de
los libros de texto que luego se escribieron, ni utópico ni socialista.
Se llamaba Cesare Beccaria y escribió un libro, de gran
repercusión en su época, titulado De
los delitos y las penas (1). El libro se publicó
en 1764. Por entonces, en pleno auge de lo que solemos llamar Ilustración,
había ya en Europa algunas especulaciones notables en favor del
ideario socialista y comunista. Como, por ejemplo, la de Morelly, quien,
además de criticar “el horror y la locura de nuestro estado
policíaco” y de pretender, alternativamente, una sociedad
en la que los bienes estuvieran en común, aspiraba nada menos que
a la abolición de la idea misma de bien y mal. Así empezaba
a nacer la idea moderna social-comunista, predicando al mismo tiempo la
abolición de la propiedad privada y la abolición de toda
moral tradicional.
Pero Beccaria no era Morelly.
Beccaria compartía con los ilustrados
de su época, y sobre todo con los utilitaristas, la voluntad de
crear una sociedad fundada en la razón y en el cálculo,
haciendo a un lado oscurantismos y prejuicios heredados del pasado. Sólo
que él se planteó un asunto sobre el que muy pocos habían
reflexionado por entonces: el del derecho de la sociedad a castigar los
delitos. Beccaria distinguió radicalmente entre pecado y delito,
entre crimen y culpa. A diferencia de los primeros socialistas y comunistas
modernos que querían dar voz a aquellos a quienes casi nunca se
escucha, a los de abajo, entendiendo por tales, trabajadores y artesanos,
pobres pero honrados, Beccaria tuvo la ocurrencia de dar voz a quien por
definición no puede tener ya voz: el delincuente condenado. Y esa
voz clama contra la injusticia de lo que los de arriba (y a veces también
los trabajadores honrados) llaman justicia.
Beccaria
dejó hablar al delincuente, al condenado, para poner de manifiesto
la relación que hay entre la injusta justicia realmente existente
y la desigualdad social. No por identificación simpatética
con el delincuente, sino por sensibilidad ante los sufrimientos del condenado
y porque establecer esa relación permite captar el vínculo
entre las abstracciones jurídicas y los crudos hechos económicos.
Con esa sensibilidad, y desde ese vínculo, puede uno preguntarse
sobre el derecho a castigar en una sociedad injusta y desigual.
Lo mas apreciable y nuevo de la argumentación
de Beccaria es que ponía en el centro del discurso algo sobre lo
cual los primeros socialistas habían pasado como si del fuego se
tratara: la violencia contra el reo, la tortura y la pena de muerte en
el derecho penal. En un dibujo que Beccaria hizo para ilustrar la tercera
edición de su obra imaginaba una justicia con los rasgos de Minerva
en la que se funden ley y sabiduría. La Justicia-Minerva aleja
de sí, con gesto de espanto, las cabezas cortadas que le tiende
el verdugo, mientras vuelve, en cambio, sus ojos benévolos y sonrientes
hacia los instrumentos del trabajo de los hombres de la época.
A diferencia de los utópicos ilustrados
que se orientaban hacia el socialismo o el comunismo, Beccaria no propuso
abolir de una vez por todas la diferencia entre bien y mal establecida
por las morales tradicionales. Su idea de la sociedad de libres e iguales
era, por así decirlo, autocontenida. Él no creía
que el día de mañana la expresión de la libertad
y la igualdad tuviera que pasar por la negación del derecho, de
todo derecho. Beccaria era más modesto y también más
realista: sólo proponía reformar el derecho a castigar los
delitos, aboliendo la pena de muerte y la tortura. Y argumentaba ambas
cosas con razones de utilidad, basándose en el principio de “máxima
felicidad dividida entre el mayor número”. Su humanitarismo
utilitarista le llevó a proponer sustituir la pena de muerte, vigente
entonces en todos los estados, por trabajos forzados.
Por todo ello fue acusado de utópico
y de socialista. Se da la circunstancia, interesantísima, de que
este es justamente el contexto en que aparece por primera vez en una lengua
europea moderna el término “socialista” (para acusar,
para condenar; no para proponer). El principal acusador de Beccaria, el
que le llama “socialista”, fue un fraile veneciano llamado
Ferdinando Facchinei, el cual, además de defender a la Inquisición
y de justificar la tortura y la pena de muerte como expresiones cabales
de la autoridad, contrargumentaba algo que los de arriba siempre han pensado
(y que cuando han dejado de pensarlo siguen poniendo en práctica
a la hora de la aplicación del derecho penal), a saber: que el
delito cometido contra un general no puede ser castigado de la misma manera
que el delito cometido contra un mozo de carga.
Ya esto último remite a una clave
para entender por qué tampoco los ilustrados contemporáneos
ni los socialistas que vinieron después de la revolución
francesa apreciaron como se debía aquella “utopía
socialista” de Beccaria. Porque la cuestión social pasó
tan a primer plano, y se vivió con tanta intensidad, que la sensibilidad
moral frente a la práctica de la tortura y la aplicación
de la pena de muerte se consideró mero reformismo. O, en el mejor
de los casos, como algo que llegaría por sí solo, como caído
del cielo etéreo del socialismo, cuando hubiera sido abolida la
propiedad privada y el derecho penal mismo. Mientras haya clases, mientras
exista la opulencia miserable, mientras haya opresores y oprimidos, la
abolición de la tortura y de la pena de muerte será - se
dijo - humanitarismo prematuro. O sea: mala utopía incluso para
aquellos que postulaban igualmente la sociedad de libres e iguales. Pronto
la guillotina se convertiría en Europa en el instrumento revolucionario
por excelencia. Tanto que hasta la primera declaración de feminismo
(Olimpia de Gouges) se hizo en base al hecho de que también las
mujeres pasaban por la guillotina: “Si la mujer tiene derecho a
subir al cadalso, también lo tiene a subir a la tribuna”.
Así, Beccaria, el “utópico
socialista” que no fue ni utópico ni socialista, quedó
olvidado tanto por los socialistas utópicos como por los socialistas
científicos, con alguna excepción notable, como la de Rosa
Luxemburg. Y así se perdió, durante décadas, la posibilidad
de un diálogo fructífero entre partidarios del socialismo
y defensores de la abolición de la pena de muerte, un diálogo
que tal vez habría ahorrado mucha sangre a la humanidad sufriente
que, al decir de los socialistas, tenía que juntarse con la humanidad
pensante.
En 1853, en un texto también olvidado,
Karl Marx escribió un pequeño homenaje a Beccaria: ”Para
defender la pena de muerte se suele presentar ésta como un medio
de corrección e intimidación. Pero la historia y la estadística
prueban plenamente que desde Caín el mundo jamás se ha corregido
o intimidado por el castigo ¡Miserable sociedad ésta que
no ha encontrado otro medio de defenderse que el verdugo y que proclama
su propia brutalidad como una ley eterna”.
Puestos
a prolongar las viejas utopías y los cabos sueltos de la historia,
he ahí un buen paso para aproximar la sensibilidad social del socialismo
y del comunismo del siglo XXI a lo que nos viene enseñando, con
otra sensibilidad y desde hace décadas, Amnistía Internacional.
Se me ocurre que una forma de contribuir a esa aproximación es
reflexionar acerca de las concomitancias del dibujo de Cesare Beccaria
sobre Justicia-Minerva y del cuadro de Paul Klee, “Angelus Novus”,
del que Walter Benjamin arrancó para su reconsideración
del concepto de historia. Pues hay algo más que proximidad entre
aquella Justicia-Minerva que mira con horror las cabezas cortadas que
el verdugo le ofrece y el benjaminiano ángel de la historia que
ve una catástrofe única, que amontona a sus pies ruina sobre
ruina y que reflexiona sobre ese huracán que supuestamente sopla
desde el paraíso al que nosotros llamamos progreso.
Quiénes somos “nosotros”
ahora no está muy claro. Lo que está claro es que todavía
en estos tiempos una parte sustancial de la humanidad que se dice civilizada
y hasta socialista sigue, como dijo el otro, proclamando su propia brutalidad
como ley eterna.
Dei
delitti e delle pene (em italiano)
On crimes and punishments
(em inglês)
Voltar ao texto
Francisco Fernández Buey é professor da
Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona.
02-05-2003

|